Variaciones Dansk
El mundo es como una caja metálica y azul de galletas de mantequilla
El otro día, estaba yo de excursión en Harriman, en Upstate New York, que para un neoyorkino es como se dice aquí a cualquier zona al norte de la ciudad en la que habiten animales salvajes1 osos. Tan cerca como 5 kilómetros o tan lejos como la frontera con Canadá, a 600 Km. Total, que estaba yo en el campo y hubimos de acercarnos a un centro comercial en busca de viandas. Grande fue mi curiosidad al ver un Aldi ¡Un Aldi!
Aldi y Trader Joe’s
Como bien sabrán, existen dos marcas Aldi que dividen a Alemania en dos partes con mayor solidez de la que hiciera el Muro de Berlín: Aldi Nord y Aldi Süd, enfrentadas por los hermanos herederos del invento, que decidieron separarse en 1966. Aldi Nord en USA nos tiene a todos consagrados a sus supermercados Trader Joe’s, cuyo logo es la segunda opción que valoro para tatuarme en el pecho del fervor que le tengo a sus productos, el buen rollo en sus comunicaciones y la amabilidad de sus empleados de todas las edades y que lucen camisas de flores. He encontrado a alguien que se me ha adelantado si bien opino que se trata de una pequeñez de tatuaje para tan magna marca.
Volviendo a la historia, se trataba de un Aldi Süd, al que entré con emoción. Precios escandalosamente baratos para lo que uno acostumbra por estos lares y poquísima variedad, también, para lo que uno acostumbra etc, etc. Los productos eran mostrados con deslucimiento sobre el esqueleto de las cajas de cartón en las que fueron transportados y almacenados. (¿Estamos locos? ¿Alguien ha estado alguna vez en un almacén? ¿En un muelle de carga? ¿En un camión de transporte? ¿En un carguero?). De entre todos, brillaba con luz propia una pila de cajas metálicas azules, fácilmente reconocibles: unas auténticas Royal Dansk unas auténticas imitaciones de las famosas galletas de mantequilla Royal Dansk, de la marca Benton’s.
La caja azul de galletas
Hacía muchísimo tiempo que no veía una de estas. Se ven pocas por aquí si lo comparamos con la omnipresencia de este producto en los estantes europeos. En Estados Unidos te las puedes encontrar en establecimientos como las farmacias Walgreens. (Hasta sangría marca Lolailo me he encontrado en una farmacia pero yo soy más de CVS y sigo sin acostumbrarme a la sección de galletas en las farmacias, por lo que sea). Salimos del Aldi con la caja de galletas, unas cervezas alemanas y poco más. El plan era hacer unas costillas ahumadas con todos los acompañamientos típicos americanos, así que Aldi poco podía proporcionarnos más allá de lo bucólico de sus europeos cimientos de cartón.
Como persona embrutecida que soy si me despegas de mis monitores, he perdido todas las maneras que merecen el momento de abrir tan preciado tesoro. El entorno natural de esta caja es un saloncito pequeño con mesa de café de cristal, muchas figuritas que haya que apartar para hacerle sitio, unos cafés servidos en tazas de porcelana cuyas asas no permitan que entre mi dedo meñique, un azucarero con terrones bien húmedos y apelmazados y unos tapetes de ganchillo en los reposabrazos de un sillón durísimo porque solo se use en ocasiones especiales, como esta. Eso es lo mínimo exigible para este lujo a $4.86 la caja original o los $4.69 que pagamos por esta noble imitación Aldiceleste. En vez de eso, la abrí en el asiento del copiloto de una pickup en la que me llevaban por carreteras secundarias. ¡No es la llave de tu casa la mejor de las maneras de quitar el plástico! Ahora la tapa… ¡DONG! ¡Casi tiro todas las galletas al abrirla sin ton ni son! Un poco de decoro, por favor. Me dejé llevar por la emoción del momento y porque ¡cómo huele ahora el coche! ¡Pareciera o pareciese que una vaca hubiera o hubiese sido ordeñada en el asiento de atrás en ese mismo instante!
Con las galletas ya a la vista, con todos sus variedades distribuidas en monísimas cestitas de papel, se presenta el gran dilema ¿qué galleta escoger? Estás deseando comer una pero dedicas unos preciados segundos de tu vida a mantener el dedo índice flotando sobre la caja, moviéndolo cuan Péndulo de Foucault. ¡Dedice ya! ¿No ves que TODAS SABEN IGUAL?
Todas saben igual
Supongo que puntuar aguas en una cata y decidir tu galleta favorita de la caja azul vendría a ser parte de una misma zona del cerebro dedicada a la gilipollez. Una zona con mucho uso estos días, por cierto.
Si todas saben igual, habrá que hilar fino e ir al detallito: forma, textura, presencia de capa de azucar granulado, qué sé yo. Ni ellos en su web tienen el valor de dedicar un apartado a cada una de sus galletas, destacando solo la Pretzel y el Anillo de Vainilla (qué cuajo nombrar la vainilla) y nos dejan con un facilón “no importa qué delicioso estilo sea tu favorito, no te puedes equivocar con el único y crujiente sabor que se derrite en tu boca de las galletas de mantequilla Royal Dansk”.
En mi cabeza queda reforzado un esquema imaginario de funcionamiento de esta fábrica, en el que una única gran pota sirve para cocinar la masa de todas las galletas. Me imagino que comprarán un paquete de mantequilla del tamaño de un Ikea cada semana para obtener el mayor descuento. Cinco grifos permiten disparar chorros de la masa mantequillosa, con la forma correspondiente a su variedad, gracias a los moldes que el único empleado coloca cada mañana. Su siguiente tarea es crear una lluvia de granos de azúcar sobre el chorro de los Pretzels y algunos de estos granos rebotan de manera aleatoria sobre las otras variedades. Un alto horno a 1.535ºC espera al final de la cinta transportadora que lleva las pequeñas masillas. Así, en tan solo 2 segundos quedan listas 400.000 galletas que van entrando en las cajas que el empleado rellena al estilo Chaplin en “Tiempos Modernos”. Me imagino un olor a mantequilla que multiplique por 8.000 al que emana al abrir una de las cajas. Un olor que te engorda 6 kilos si pasas un rato por la fábrica a cobrar la factura del coque para el alto horno o vas a vender unos servicios de SEO o una IA para eliminar al único empleado.
Toda esta eficiencia permite que 80 galletas más una caja de metal cuesten menos que un croissant de calidad chusquera en una panadería cualquiera de mi barrio en Brooklyn. Y de una calidad que permite que su caducidad se extienda casi hasta que se mueran tus nietos, con lo que imagino que una clientela importante serán los refugios antinucleares y familias que lleven esperando generaciones por una ocasión especial (como la ocasión especial de leer estas líneas). Por si esto fuera poco, cada caja ofrece una energía de casi 5.000 kilocalorías. Nos sale a 0.001€ la Kcal. Beber un litro de aceite de girasol del tirón podría ser la única competencia energética más barata. Podríamos ir a vivir a la Antártida un año entero con tan solo unas cajas de Royal Dansk. Otro punto a favor de estas galletas.
No puedo parar de comerlas
Estas galletas son irresistibles. Al cerrar la tapa un arrepentimiento recorre tu cuerpo. Has comido cuatro veces más galletas de las que pensabas comer. Y mientras te lamentas ¡DONG! ¡Has vuelto a abrir la tapa! ¡Qué olor! ¡Qué droga!
La metáfora
Ahora aquí vendría una metáfora sobre el mundo en el que vivimos y en el que no hacemos más que vivir experiencias repetidas, insulsas y anodinas pero con apariencia de lujosas, excitantes y divertidas y bla, bla, pero es que me he comido todas las galletas y me siento incapaz. Solo quiero rodar por el suelo a izquierda y derecha agarrándome muy fuerte las rodillas regordetas.
A, B, C, Grade Pending y Cerrado o cómo saber dónde (no) comer en NYC
Si va a venir a visitar Nueva York, la ciudad que nunca duerme (¡ja!), o ya ha venido pero se ha fijado poco, esta información que le proporciono en estas irrelevantes líneas puede ser de su interés.
Antes de venir, una amistad le recomendará uno o más restaurantes que tiene que visitar. Puede que incluso le recomiende ir al Shake Shak (deshágase de esa amistad). Esa persona conoce un sitio muy especial de entre los 48.960 restaurantes de NYC y usted irá porque, qué narices, su amistad ya vino una vez hace 17 años y se recorrió toda la calle 42. Y esa misma persona ya le había recomendado el mejor cachopo de Madrid y usted siente muy vivamente (eructo) que acertó.
Pues bien, tanto los restaurantes como otros sitios que preparen comida en la ciudad, como los delis, están obligados a pasar inspecciones sanitarias como mínimo una vez al año y mostrar públicamente en la puerta o el escaparate la puntuación actual, el “Sanitary Inspection Grade”, que puede ser A, B, C o Grade Pending. También puede estar cerrado por sanidad, lo que le impedirá hacer una locura y entrar. Que sé que quiere entrar porque su amistad estuvo aquí hace 17 años y fue la mejor smash burger2 de su vida pero es que está cerrado por sanidad. Se acabó lo que se daba y esto es pa siempre.
Los grados
Míreme a los ojos mientras le digo: revise las estrellas del Google Maps para decidir si le gusta, revise el Sanitary Inspection Grade para decidir si entra.
Mi resumen personal y con unas reglas mnemotécnicas sencillas, le ayudarán a tomar la siguiente decisión ¿Comemos aquí o no?
Grade A
A de ADELANTE, vamos padentro, esto está limpio señoras y señores, miren cómo brilla, miren cómo paso el dedo por este estante y sale limpio.
Grade B
B de BORRACHO. Hemos bebido mucho, tenemos hambre, no hay nada más abierto, ¿nos arriesgamos?
Grade C
C de CAGALERA. Este local está a punto de que lo cierren por lo guarro que está. Si no pasa la próxima inspección lo van a cerrar. Yo de ti no lo haría, Billy.
Grade Pending
Grade Pending de CUANDO TENGAS EL GRADE ME AVISAS. Es un local nuevo, mola mucho, qué ambientazo, qué buenas puntuaciones en Yelp pero aún no han pasado la inspección sanitaria. Tú sabrás, neno.
Mi recomendación es que ustedes entren donde haya una A que, al menos, garantiza las buenas intenciones y que el lugar no haya superado los 13 puntos negativos con los que pasaría a una B. Para su intranquilidad, diré que si un inspector encontrase una rata viva en una cocina, esto serían 10 puntos negativos, así que podría tener la A si este fuese el único problema.
Hasta más ver. Seguimos en contacto. Vayan por la sombra.
Animales salvajes hay a porrillo en la ciudad. A saber: coyotes, ciervos, zorros, mapaches, zarigüeyas, mofetas, águilas, halcones, búhos, tiburones, tortugas, etc.
Por mucho que le cueste creerlo, aquí no se hacen smash burgers en casi ningún sitio. Haberlas haylas como también hay sushi-burritos o galleto-pizzas.




